Miguel ha sido muchos años profesor de Infantil y, a raíz del diagnóstico de su enfermedad, de Primaria, para ejercer, en la actualidad, como profesor de apoyo, ayudando al alumnado que necesita reforzar determinados contenidos. “Llevo 29 años trabajando en el mismo centro educativo. Es lo que me da la vida, tener la cabeza ocupada”, destaca.
Su día comienza temprano. “Me levanto a las 6:30 h. y hago media hora de bicicleta estática y otros 30 minutos de mancuernas, de lunes a viernes. Llevo una vida muy activa, me encanta pasear, en el trabajo estoy con niños pequeños, todo el día de pie. Siento que, cuanto mejor preparado estoy físicamente, mejor aguanto las sesiones de hemodiálisis. Para mí, el ejercicio es fundamental, psicológica y físicamente, al igual que trabajar, especialmente en una labor como la mía, en contacto con niños pequeños, donde cada día es una sorpresa”.
Procura llevar una vida lo más normal posible, teniendo en cuenta las limitaciones dietéticas que debe seguir, llegándose a olvidar de su enfermedad renal, por lo que, tras el fin de semana, retomar la hemodiálisis es un “choque de realidad” al que se va adaptando de nuevo a medida que transcurren los días.
Aficionado a la lectura, al fútbol -va a ver al Logroñés los fines de semana-, también le gusta estar con los amigos, aunque asegura que, “al principio, es complicado, por tener que estar explicando a todo el mundo por qué no puedo beber alcohol, algo que, en mi caso, decidí abandonar hace muchos años, independientemente de la enfermedad”.
Desde su punto de vista, en su provincia, La Rioja, y en un país como España, donde el ocio está tan unido a salir a tomar algo, desde el vermut a las tapas y pinchos, “hay muchas veces que prefiero hacer otro tipo de actividades y suelo quedar con mis amigos para dar un paseo y ponernos al día”.
Desde el punto de vista familiar, además de a su hija, dedica también gran parte de su tiempo a su madre, enferma de Alzheimer, cuyos cuidados se reparte con su hermana y una persona de apoyo.