“Sigo teniendo una vida plena, solo que diferente”

"Me siento una afortunada"

La historia de Ana María Castillo no se puede resumir fácilmente. Lleva toda una vida conviviendo con la insuficiencia renal crónica, diagnosticada cuando apenas tenía tres años. Desde entonces, cirugías, tratamientos y dos trasplantes han marcado su camino. Y, aun así, su relato no está definido por la enfermedad, sino por la capacidad de adaptarse y seguir adelante.

“Mi madre me dio la vida por segunda vez”, recuerda sobre su primer trasplante en 1995. El segundo, en 2003, llegó de un donante anónimo al que llama “mi ángel, mi héroe”. Ese riñón la acompañó durante más de 21 años. “Me siento una afortunada”, afirma con convicción.

Hoy, tras el fallo de ese último trasplante, Ana María ha vuelto a diálisis en mayo de 2025. Pero su mirada sigue siendo la de alguien que ha aprendido a relativizar: “Esto va como va… y hay que seguir”.

El regreso a la diálisis: aceptar, adaptarse y seguir

Volver a diálisis después de más de dos décadas no fue sencillo. “Tuve que procesarlo”, reconoce. Porque, como explica con honestidad, la enfermedad renal crónica no solo afecta al cuerpo: “También ataca a la mente y al corazoncito”.

El cambio implica reorganizar la vida. Tres días a la semana, cuatro horas cada sesión. Sin embargo, Ana ha encontrado su manera de afrontarlo: “Me lo tomo como un trabajo. Lunes, miércoles y viernes tengo que ir sí o sí”.

Esa forma de asumir la rutina le permite mantener el control. “Organizo mi vida en las sesiones de diálisis”, explica, demostrando una actitud práctica que ha construido con los años.

Un entorno que acompaña: el valor del equipo y de sus compañeros/as

Si hay algo que destaca especialmente de su experiencia actual es el entorno humano que ha encontrado en nuestro centro de diálisis de Osuna. “Estoy loca de contenta por estar en este centro”, dice con claridad.

Ana pone en valor tanto al equipo sanitario como a sus compañeros y compañeras de sesiones: “Todo el personal es un encanto, las enfermeras, la doctora, todo el equipo tiene una sensibilidad especial. Hay días de todo, y saben cómo tratarnos”.

Además, la diálisis le ha traído algo inesperado: nuevas amistades. “He hecho grandes amigos. Aquí la gente te comprende de verdad, porque está viviendo lo mismo que tú”.

Ese apoyo compartido se convierte en una pieza clave del bienestar emocional: conversaciones, complicidad y la tranquilidad de no tener que explicar lo que se siente.

Aprender a vivir de otra manera

A lo largo de los años, Ana ha desarrollado herramientas prácticas para convivir con la enfermedad. Desde el control de la dieta hasta pequeños trucos del día a día.

“Todo es buscar la manera”, explica. Desde adaptar la alimentación -con ayuda de una dietista de ALCER Giralda, asociación a la que pertenece desde hace 26 años- hasta gestionar la sed en verano con hielo, limón y hierbabuena.

También ha aprendido a escuchar su cuerpo y aceptar límites sin renunciar a lo que le gusta: “Esto es una pausa”, afirma. Su actitud combina realismo y determinación: sabe que hay momentos difíciles, pero también que son temporales.

La importancia del apoyo emocional

Detrás de su fortaleza hay una red de apoyo fundamental. Su familia, amigos y, especialmente, su marido. “Es mi paño de lágrimas”, dice con cariño. “Está ahí, me escucha, no me juzga y siempre me anima”.

Ana también reconoce que no todo el mundo entiende lo que implica vivir con diálisis. El cansancio, las limitaciones o la necesidad de parar forman parte del proceso. Por eso valora aún más a quienes permanecen cerca: “Los amigos de verdad lo comprenden”.

Mirar al futuro con esperanza

Tras una intervención reciente y a la espera de un nuevo trasplante -más complejo en su caso-, Ana tiene claro cuál es su prioridad: “Mi gran sueño ahora mismo es volver a trasplantarme”.

Pero no es el único. Habla de proyectos, viajes, retomar actividades, seguir disfrutando de su familia y de las pequeñas cosas.

Su mensaje para quienes empiezan este camino es tan directo como valioso:
“Paciencia, mucha calma… y no perder nunca la esperanza del trasplante”.

A sus 56 años, Ana se define como una mujer con una vida plena. Le gusta leer, pasear, compartir tiempo con los suyos y seguir haciendo planes.

Su historia no es solo la de una persona en diálisis. Es la de alguien que ha aprendido a convivir con la incertidumbre sin renunciar a vivir. “Esto es una pausa”, repite. Y en esa frase resume toda una manera de enfrentarse a la vida.

Convertir la experiencia en ayuda a otras personas

Más allá de su propio proceso, ha dado un paso más: transformar su experiencia en apoyo para otras personas.

Coordina un grupo de pacientes trasplantados de Marchena, Paradas y Arahal, un espacio donde compartir vivencias, resolver dudas y acompañarse en el proceso. “Al final, hablar con alguien que ha pasado por lo mismo ayuda muchísimo”, explica.

Además, cada año participa en sesiones con estudiantes de enfermería en sus últimos cursos, coincidiendo con el Día Nacional del Donante. Allí comparte su historia en primera persona y pone en valor la importancia de la donación de órganos: una oportunidad real de vida para muchas personas.

Aunque ha preferido no formalizar esta iniciativa como asociación, su implicación es constante y refleja su manera de entender la enfermedad: no solo como un reto personal, sino como una oportunidad para ayudar a otros.