En cuanto a la dieta, la adaptación ha sido sencilla en su caso. Lleva décadas comiendo sin sal, por lo que no ha supuesto un cambio significativo. “Hay muchas cosas para comer”, comenta con naturalidad.
Lo que sí echa de menos es algo tan cotidiano como beber agua sin limitaciones. “Siempre he sido muy bebedora de agua… y eso sí lo noto, sobre todo en verano”. Aun así, lo asume como parte del proceso.
La historia de Gloria es la de una adaptación serena, apoyada en la experiencia, la actitud y, sobre todo, en el acompañamiento humano. Su testimonio refleja cómo, incluso en situaciones complejas, el cuidado del equipo y la fortaleza personal pueden marcar una diferencia real en la calidad de vida del paciente.