Eva Sonia habla con serenidad, pero también con una energía contagiosa. “Valoro mucho el tiempo, lo disfruto todo más. He aprendido a relativizar. Agradezco a mi enfermedad muchas cosas: me ha enseñado nutrición, autocuidado y, sobre todo, a disfrutar de cada pequeño detalle. Esa cucharadita de chocolate mientras mi pareja se toma su desayuno… eso también es felicidad”.
Durante la pandemia, vivió momentos difíciles: “Salir a dializarse mientras todo el mundo estaba confinado me generaba mucha ansiedad, pero no me rendí. Rezaba cada día y me recordaba que esto también pasaría”.
Hoy compara aquella experiencia con lo que muchas personas sienten al enfrentarse por primera vez a la enfermedad renal: “El estar recluido, no poder hacer muchas cosas, sentir miedo, inseguridad o incertidumbre… así nos sentimos quienes llegamos al tratamiento de esta enfermedad. De repente, tu vida cambia y te invade la sensación de pérdida de control. Pero, igual que cuando en la pandemia empezamos a recuperar la libertad —volver a salir, ver a nuestros seres queridos, quitarnos las mascarillas—, en el tratamiento también llega un momento en que vuelves a respirar. Vas encontrando opciones, apoyo, soluciones… y aprendes a valorar todo de otra forma. Cada pequeño avance, cada día, cada gesto, se vuelve un regalo.”
En ese proceso, el apoyo de su entorno ha sido fundamental. Eva Sonia conoció a su pareja antes de comenzar con la diálisis, hace ya casi veinte años. “Desde el primer momento lo aceptó, sin miedo, y ha estado a mi lado en todo”, cuenta emocionada. “Él, junto con mi familia, ha sido mi gran apoyo. Gracias a ellos he tenido fuerza para seguir adelante, incluso en los momentos más duros.”