David Prieto

Una historia de adaptación, autoconocimiento y ganas de seguir adelante

A sus 44 años, David Prieto, paciente de nuestro centro de diálisis de León acumula una experiencia vital poco habitual: ha convivido con la enfermedad renal desde su nacimiento. Lejos de resignarse, ha construido una forma de vida basada en el conocimiento de su propio cuerpo, el cuidado constante y una actitud práctica que le permite seguir disfrutando de lo que le gusta.

Una vida marcada desde el inicio, pero vivida con naturalidad

Su historia comienza prácticamente al nacer. Un problema en los uréteres, que en aquel momento no se detectó, acabó afectando a sus riñones. “Lo he vivido desde que nací, así que no conozco otra cosa”, explica con una naturalidad que resume bien su enfoque.

Esa circunstancia ha condicionado su vida, pero no la ha limitado. Durante años llevó una vida activa, estudiando y trabajando como cualquier otra persona. De hecho, retrasó la entrada en diálisis mucho más de lo previsto gracias a un cuidado riguroso: “Me dijeron que empezaría con 17 o 18 años y entré con casi 30”.

A lo largo de su vida ha pasado por distintas etapas: diálisis peritoneal, llegando a probar la modalidad nocturna, trasplante renal y, actualmente, hemodiálisis en centro, donde acude tres veces por semana en turno de mañana.

También ha pasado por un trasplante que funcionó durante tres años y otros dos fallidos. Actualmente está en proceso para volver a entrar en lista de espera. A pesar de ello, mantiene una visión realista y serena: conoce bien su situación y afronta cada etapa con pragmatismo.

Adaptarse a la vida… y no al revés

Uno de los aspectos más llamativos de su testimonio es cómo ha integrado la enfermedad en su día a día sin renunciar a su identidad.

Durante su juventud trabajó durante una década, principalmente como conductor profesional tras formarse en electromecánica y obtener distintos carnés. La llegada de la diálisis marcó un punto de inflexión y derivó en una incapacidad permanente, algo que reconoce como una realidad compleja, especialmente por la exigencia física del tratamiento. Aun así, insiste en que cada caso es distinto: “Hay gente que puede compaginarlo, pero es complicado”.

Su experiencia le ha llevado a desarrollar un profundo conocimiento de su propio cuerpo. Habla con naturalidad de “ensayo y error” para explicar cómo ha aprendido qué le funciona y qué no.

Tiene claros tres pilares fundamentales: alimentación, descanso y ejercicio. “En casa siempre hemos comido muy bien, productos naturales, huerta propia… eso ayuda mucho”, explica.

A esto suma una actitud activa hacia su salud: lee etiquetas, se informa y cuestiona lo que no entiende. “Cuando me dicen que haga algo, necesito saber por qué. Es mi salud”.

La experiencia en el centro: acompañamiento y profesionalidad

Desde 2017 se dializa en el centro de FME en León, donde valora especialmente el trato humano y el equipo multidisciplinar: especialistas en nefrología y enfermería, nutrición, psicología y trabajo social.

Destaca la importancia de contar con profesionales especializados y accesibles, algo que considera clave en el día a día del paciente.

También pone sobre la mesa un reto del sistema: la diversidad de perfiles. “Hay mucha diferencia entre pacientes. No es lo mismo alguien de 30 que de 80 años. Cada uno necesita cosas distintas”. Una reflexión que apunta hacia la importancia de avanzar en una atención cada vez más personalizada.

Viajar con diálisis: una puerta a la libertad

Lejos de quedarse anclado a su rutina, ha hecho del programa de diálisis vacacional una herramienta para seguir explorando.

Ha viajado por distintos puntos de España -Ibiza, Pontevedra, Mallorca- organizando sus vacaciones en función de la disponibilidad de plazas en otros centros. “Mientras tenga confirmada la diálisis, no tengo problema. Organizo el viaje y ya está”.

Su mensaje para otros pacientes es claro: viajar es posible y merece la pena. “Salir, cambiar de entorno, ver gente, desconectar… siempre suma”.

Actitud ante el tratamiento: equilibrio y escucha del cuerpo

Su rutina semanal le ha permitido identificar cómo responde su cuerpo: los lunes suelen ser más exigentes, mientras que el viernes llega con mayor sensación de bienestar.

Tiene estrategias claras para recuperarse: descansar y, sobre todo, comer bien. “La comida es lo que más me revitaliza”, explica.

Además, mantiene una vida activa, haciendo deporte de forma habitual, lo que le ayuda tanto a nivel físico como mental.

Fuera del ámbito clínico, su vida está llena de actividad. Es batería desde hace más de dos décadas, una afición que define como “disfrute puro” y que además considera beneficiosa para la mente.

Practica deporte con regularidad -correr, bicicleta y trabajo de fuerza-, algo que considera fundamental para mantener la forma física, especialmente en un tratamiento que tiende a reducir la masa muscular.

Comparte su vida con su pareja, enfermera de diálisis, a quien conoció en el propio centro durante la pandemia. Una conexión que les permite entenderse desde ambos lados: el del paciente y el del profesional.

Juntos forman una familia con su hija de 10 años, con la que disfrutan del tiempo libre y de sus viajes siempre que es posible.

Una vida con diálisis, pero con propósito

Su historia no es la de alguien que ha tenido que renunciar, sino la de quien ha aprendido a convivir, adaptarse y seguir avanzando.

Con realismo, disciplina y una actitud activa, demuestra que, incluso en un contexto complejo, es posible construir una vida plena: “Al final, sabes lo que tienes que hacer… y sigues adelante”.