Si hay algo que define su manera de entender la profesión es la relación con el paciente. En diálisis, los tratamientos se prolongan durante años, lo que genera un vínculo estrecho y sostenido en el tiempo. “Al final conoces su vida y ellos la tuya”, señala.
En el caso de Murcia, ese vínculo se ve reforzado por un carácter especialmente cercano y abierto, que facilita una relación especial. Este conocimiento profundo no solo humaniza la atención, sino que también contribuye a individualizar los cuidados y anticipar necesidades clínicas.
A esta realidad se suma la atención a pacientes vacacionales, especialmente en periodos festivos y estivales, algo habitual en una región como Murcia. En estos casos, el equipo reproduce el mismo enfoque cercano desde el primer momento: acogida, valoración del acceso vascular y adaptación a sus necesidades, independientemente de su procedencia. “Es como cuando llega un paciente nuevo”, explica, destacando la importancia de generar confianza incluso en estancias cortas.
Para Ana, este acompañamiento es el núcleo de su trabajo: “El enfermo de diálisis pasa por muchos procesos psicológicos. A veces están enfadados, otras tristes… y estar ahí es fundamental”. Una dimensión emocional que, en sus palabras, marca la diferencia.